Como dice un amigo, hace mucho que no me follo a este, mi querido blog. El motivo principal de esto es que soy un vago de cojones, y que en Agosto me apetece hacer de todo menos escribir.
Aparte de eso, no he parado ni medio segundo. En este mes y pico que no he renovado esto me han pasado muchas cosas, la más importante -y la que me ha llevado a volver por aquí-: casi me cambio de ciudad por trabajo.
Por motivos personales, Bilbao siempre me ha tirado muchísimo. Después de una buena temporada viviendo en Madrid y yendo al norte cada dos por tres, decidí trasladarme a esta bonita ciudad. Empecé buscando trabajo (lógicamente) y, pese a que la oferta es ínfima si la comparamos con Madrid, tuve oportunidad de hablar con varias empresas.
No voy a dar nombres ni cifras concretas, pero aun así os contaré el proceso de casi-selección que seguí con una.
La empresa en cuestión no se dedica a este mundillo ni tiene a nadie que entienda sobre él, por lo que toda la ristra de “argumentos técnicos” que tenía preparados no me valieron para nada. Me hicieron dos entrevistas: una en Madrid y otra en Bilbao. En todo momento me dieron una sensación de profesionalidad, seriedad e interés por mi acojonante. Me encontraba ante una de las mejores compañías que había conocido.
Pero no es oro todo lo que reluce, y de ahí el título del post. Todo parecía que iba bien, me llamaron diciendo que me habían elegido para el puesto y fijamos una fecha para negociar las condiciones (¿negociar, he dicho negociar?).
Llegó el día, me presenté en sus oficinas y estuvimos hablando largo y tendido sobre los motivos que me llevaban a Euskadi, lo buenos que son en su campo y, sobre todo, en un concepto muy bonito: el equipo. Dichoso equipo.
El sueldo que habíamos hablado previamente cumplía mis expectativas, así como el tipo de contrato. Sino no habría puesto tantas ganas en el puesto, desplazándome incluso a 500 kilómetros de mi casa. Al fin llegó el momento más esperado: los detalles de contratación, ¿que qué pasó?
Pasó que me ofrecieron un salario tirando a bajo, lleno de variables imposibles de conseguir (y relacionados con la producción de la empresa, no con la mía en particular -de ahí el ahínco en resaltar lo del equipo-), el contrato era temporal (según ellos, porque así obtenían “ventajas fiscales”) y todo ello excusado por un “plan a 3 años” (empezando con un contrato temporal por muuucho menos tiempo, repito) y un ambiente inmejorable (¿qué empresa diría lo contrario?).
Sinceramente, si tanto interés tenían en mi contratación, no sé a qué vino dicho planteamiento. A fin de cuentas, me hicieron perder el tiempo a mi y a ellos mismos.
…
Ahora toca valorar otras opciones, incluyendo la de quedarme como estoy: de freelance (más a gusto que un arbusto, por cierto). 